Si Escuchas Su Voz

‘No Tengan Miedo’

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En el conocido relato de la tempestad calmada (Cf., Mc 4, 35-41), los discípulos le increpan a Jesús: “Maestro, ¿No te importa que perezcamos”? (Mc 4, 38) Aquellos hombres habían bregado contra la inesperada tempestad; pero, todo esfuerzo parecía inútil. En esas circunstancias sienten miedo, ansiedad, angustia y desesperación ante el peligro que amenaza sus vidas. Jesús – relata el evangelista – dormía en la popa de aquella frágil embarcación. ¿Es posible que Jesús durmiese en medio de tanto barullo y gritos de quienes temían el naufragio? Aquel pasaje puede ser releído a partir de nuevas situaciones, como por ejemplo ante la gran pandemia del coronavirus que azota al mundo entero. Más de un creyente podría repetir aquellas palabras de los discípulos de Jesús: Señor, “¿No te importa que perezcamos?” ¿Acaso nos han abandonado a nuestra propia suerte en medio de esta tribulación?

Quisiéramos quizá, que - como en el relato evangélico-, Jesús “despierte” y con voz imponente increpe al terrible virus para que detenga su poder letal, y ya no siga causando muerte y desolación. Dios, ciertamente, no obra de esa manera para resolver situaciones amenazadoras de la existencia humana; pero, desde luego, Él no permanece indiferente ante el dolor humano, Él está actuando a través de las personas generosas que arriesgan su vida en favor de otros.

En el relato de la tempestad calmada se dice que Jesús increpó a sus discípulos por su falta de fe: “¿Por qué están con tanto miedo? ¿Por qué no tienen fe?” (Mc 4, 40). Es natural sentir miedo, sobre todo cuando nuestra existencia está amenaza. En consecuencia, no habría que enrostrarles a aquellos discípulos por el miedo que sintieron ante el peligro de naufragio. Todos en situaciones similares hubiéramos sentido miedo. La angustia de aquellos hombres se produce porque han confiado demasiado en sus propias fuerzas, en sus propias posibilidades para sortear el temporal; pero, las fuerzas de la naturaleza se revelan muy superiores. De ahí la necesidad de no confiar tanto en nosotros mismos, en nuestras propias posibilidades. Hay que abrirnos a la confianza en alguien que no puede defraudarnos. Dios no nos ha prometido liberarnos de todo peligro y de la muerte, sino estar siempre con nosotros, acompañarnos en el camino, fortalecernos en la debilidad. Dios nos invita a poner toda nuestra confianza en Él, pues es nuestro refugio seguro. La fe no nos libra de los miedos naturales, pero nos da la fuerza para no dejarnos paralizar por el miedo.

El sufrimiento humano es un hecho que puede tener múltiples causas, algunas de ellas tienen que ver con la libertad y la responsabilidad de las personas e instituciones. La pandemia, por ejemplo, ha desvelado la precariedad de los sistemas de salud pública en la mayoría de los países afectados. La pandemia también ha permitido desvelar el nivel de degradación de la conciencia moral de quienes se han aprovechado de la tragedia para lucrar con los medicamentos y equipos. Muchos han visto morir a sus seres queridos por no contar con recursos para comprar medicamentos y menos para comprar balones de oxígeno que los hospitales no tenían. Los pobres son los que llevan la peor parte en medio de esta tragedia. No es el virus el que ha causado el mayor número de muertes, sino la falta de previsión de las autoridades responsables de la salud pública; así mismo, no podemos dejar de señalar la irresponsabilidad de muchos ciudadanos que no tomaron en serio la pandemia y no respetaron las normas de aislamiento social decretadas por los gobiernos.

Dios, como hemos dicho, no exonera a sus seguidores del sufrimiento e incluso de la muerte; pero le ofrece su compañía, estar al lado de ellos. En el Antiguo Testamento vemos el ejemplo de los profetas que sufrieron todo tipo de persecuciones por su fidelidad a Dios. Jeremías, en medio de las amenazas de muerte que afronta a causa de la fidelidad a su misión, expresa su plena confianza en el Señor: “El Señor está conmigo como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo” (Jr 20, 11). En realidad, la confianza del profeta parece ser contradicha por los hechos, pues nada le garantiza que sus enemigos no atentarán contra él; Dios no intervendrá milagrosamente para librarlo del peligro; si fuera así no habría mártires de la fe. Muchos creyentes, por ejemplo, no fueron librados de sus torturadores, de las fauces de las fieras en el circo romano. Nada, pues, nos garantiza salir bien librados de los peligros de muerte. El profeta, sin embargo, intuye que el amor de Dios va más allá de la muerte y que nada le podrá separar del Señor. El hombre de fe tiene la fortaleza suficiente para resistir en medio de la prueba, está convencido que Dios no lo abandonará, que Dios estará siempre con él. El creyente está convencido que con la muerte no acaba todo, está abierto a la esperanza de la vida eterna. Jesús mismo nos dice: “No tengan miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma” (Mt 10, 28). Es claro, entonces, que no podemos entender la vida en sentido meramente biológico, sino como la vida que trasciende dicha esfera, que es participación de la vida de Dios. En efecto, dice Jesús: “Quien quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8, 35). Resulta claro que “vida” se utiliza aquí en dos sentidos: como vida terrenal (propia de todo ser vivo) y como “vida eterna” (participación de la vida divina).

La vida terrenal se acaba, aunque no lo queramos, no está en nuestras manos prologarla indefinidamente, como dice el Salmista: “Comprada su vida nadie tiene, ni a Dios puede con plata sobornarlo” (Sal 48, 8); por más que nos aferremos a la vida terrena, ella escapa a nuestro control, no podemos evitar el hecho irremediable de la muerte; en cambio, la vida eterna, aquella que Dios nos ofrece como don, esa sí está en nuestras manos aceptarla o rechazarla. La existencia humana no puede reducirse al espacio de tiempo que precede a la muerte física. Si me aferro a esa existencia, considerándola como ‘mía’, ella se me escapa; como dice L. Dufour: “En definitiva, mi existencia no es mía, sino de Otro. Ha comenzado mucho antes de que yo sea consciente de que está en mí y continúa después de mi carrera en este mundo, porque aquél de quien la recibo es el Señor” (Dufour, X. León (1982).  Jesús y Pablo ante la muerte). El creyente puede tener la absoluta certeza que nada ni nadie podrá separarlo del amor de Dios (Cf., Rm 8, 35-39). “Si Dios está con nosotros, ¿Quién estará contra nosotros?” (Rm 8, 31). Es esta confianza la que nos da la fortaleza y serenidad en medio de las tribulaciones, pues sabemos que “en la vida y en la muerte somos del Señor” (Rm 14, 8). Esa confianza, obviamente, se alimenta de la fe y la esperanza.

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